A una semana de acabar las Navidades, además del salón repleto de juguetes, tenemos la despensa llena de sobras de alimentos que, no sé vosotros, pero yo en mi vida normal no suelo consumir. Me entra el agobio y la pena…ya sabéis «vamos a comernos esto que es una pena que se ponga malo y tirarlo» y no es cuestión de celebrar una Nochebuena en cada cena, ni que nos atice un colicazo por intentar ingerirlo todo cual pavo antes de que caduque.
Lo cierto es que, a no ser porque lo escuché en la radio, todo esto no se me había pasado ni por la cabeza, ya que tengo un marido extremadamente precabido que se queja de que en muchos envases no ponen la hora de caducidad

No voy a entrar en el eterno debate de si vacunas sí o vacunas no, no, porque creo que no debería ser un debate, podría pensar eso de que cada padre haga lo que quiera y cada decisión es repetable, aunque la opción que eligen algunos padres de poner en riesgo la salud de sus hijos y por extensión la de los demás, no sé yo si es muy respetable.
Hoy vengo a hablaros de un tema muy serio, porque sin duda la solidaridad lo es y cuando se trata de niños mucho más. Se acercan las Navidades y aunque supongo que estaréis de acuerdo conmigo en que no solo hay que ser solidarios con los demás en estas fechas, no me negaréis que son días muy propicios para pintar una sonrisa y llenar de ilusión la carita de un niño.