Queriendo ser madre. La Historia de Ana (I)

La Historia de Ana
La Historia de Ana
 Ayyyy ¡qué historia os traigo hoy a Queriendo ser madre!, intensa no, de las de contener las lágrimas y estar en un suspiro hasta el final.
Se trata de La Historia de Ana, de nuevo una seguidora anónima, lo que me emociona aun más,  que ha querido compartir su aventura hasta convertirse en madre. Ella siempre tuvo claro que tendría hijos, pero el destino hizo que se alargara demasiado y no le puso nada fácil el camino.
Nos cuenta con sumo detalle como fue todo el proceso de tratamientos y decepciones hasta conseguir cumplir su sueño.
Os dejo con Ana y con su historia, ella la titula León, el bebé que se agarró a mi útero.

Queriendo ser madre. La Historia de Ana (I)

Hace poco descubrí tu página y tu sección “queriendo ser madre” a través de mamá pata 🙂 y me ha encantado.
 
Me ha encantado porque a nuestro hijo L. hay quien lo llama “bebé milagro” 😀 Yo no soy creyente, pero si creyera en los milagros, él sería el mío. Te cuento mi historia, con la ilusión de llenar de esperanza a mujeres que estén pasando por el trance de quedarse embarazadas y hayan encontrado dificultades.
 
Llevo queriendo ser madre desde los 27 años. Lo tenía clarísimo. Tanto, que cuando H. y yo empezamos nuestra relación, así se lo dije a la semana de estar juntos. “Oye, yo quiero tener hijos”, le dije. Se lo dije porque pensaba que si él no quería, no invertiría más tiempo en aquella relación. Cortaría por lo sano. Me estaba enamorando y no quería equivocarme y sufrir más después. Lo genial es que él no salió corriendo espantado jajajajaja.
 
H. y yo somos padres tardíos. Yo tengo 39 y él 50. Teníamos 38 y 49 cuando tuvimos a nuestro pequeño. Pero empezamos mucho antes. Cuando teníamos 33 y 44. Entonces no nos parecía que fueramos tan mayores!
 
Empezamos a intentar tener un bebé y, al cabo del año de intentarlo como mandan los cánones, con relaciones muy frecuentes, y sin éxito, aprovechamos una visita al médico para plantearle nuestro caso. Yo no estaba preocupada. Había oído que un embarazo se podía hacer de rogar bastante, hasta dos años, incluso. El médico me confirmo esto último. Normalmente esperan a los dos años de búsqueda “en serio” antes de hacer ningún movimiento. Pero nuestro médico decidió no esperar otro año, sobre todo por la edad de H. Y menos mal. Nos mandó a una consulta de fertilidad al urólogo, donde le pidieron un espermograma.
 
Yo seguía tranquila. Convencida de que nos iban a decir que estaba todo normal. Que siguiéramos a lo nuestro, intentándolo con frecuencia. Sin embargo, los resultados del espermograma fueron devastadores. El diagnóstico: azoospermia. CERO espermatozoides en la muestra. No podíamos creerlo. Nos dimos la mano, y no recuerdo más. El médico seguía hablando pero yo ya no oía nada más. Nos dijeron que pidiéramos una cita en esterilidad y nos dijeron que podríamos probar con donante de semen.
 
Hice un esfuerzo titánico por no llorar de vuelta a casa. Él estaba tan desconcertado como yo, pero además, a aquel desconcierto había que sumar la terrible sensación de estar enfermo, de pensar que algo no funcionaba en su cuerpo. Y otra cosa: de pronto le asaltó la idea de que el hecho de que no pudiéramos tener hijos invalidaba de alguna manera nuestra relación. Pensó que le dejaría. Por supuesto, ni se me pasó por la cabeza. Yo ya estaba enamorada. Él era mi pareja. Con o sin hijos. Y más importante aún. Si no podíamos tener hijos, aquello no era culpa de nadie. No había ni responsables ni culpables. No podíamos y punto.
 
Yo estaba en paro entonces y, cuando, al día siguiente, H. se fue al trabajo, me vine abajo. Lloré y lloré a moco tendido. Llamé a mi madre y se lo conté. Como pude, porque con el llanto ni se me entendía. “No podemos tener hijos”. Vino a recogerme enseguida y me llevó a su casa. Allí me calmé un poco.
 
Por la tarde, con H. empezamos a buscar opciones y soluciones. Lo primero sería ir a la cita de esterilidad. A ver qué se podía hacer.
 
Por raro que suene, siempre había pensado que a mi no me importaría que mi hijo fuera fruto de otro semen, incluso de otro óvulo. O que no me importaría que mi hijo fuera adoptado. Sólo sabía que quería ser madre. Pero cuando nos dieron la noticia, mi deseo de ser madre biológica se hizo inmenso. Enorme. Mostruoso. Lo devoraba todo. No me valía otra cosa. Y lloraba. Y lloré. Quería estar embarazada y quería parir a mi hijo. Y quería que H. fuera su padre biológico. Quería que se pareciera a él. Por encima de todo quería que tuviera sus ojos. Me bloqueaba pensar todo aquello y me sorprendía descubrir esa faceta de mi, que ni siquiera podía imaginar.
 
En la consulta de fertilidad nos tranquilizaron un poco. Le harían otro espermograma. Más minucioso. Y veríamos los resultados. Y los resultados no fueron halagüeños, pero tampoco tan drásticos como la azoospermia. Se podía hacer algo con los espermatozoides de H. Y eso intentaríamos. Intentaríamos tener un hijo a partir de nuestros gametos 🙂
 
Lo harían directamente mediante fecundación in vitro con microinyección. Es decir: estimularían mis ovarios para obtener varios óvulos y del semen de H. seleccionarían los mejores espermatozoides y, con ellos, inyectarían mis óvulos. Los óvulos fecundados serían transferidos de nuevo a mi útero dos días más tarde.
 
Programaron mi periodo mediante la píldora y nos citaron más o menos un mes y medio más tarde para asistir a una reunión informativa y a la entrega de las recetas. Poco después empezaba el tratamiento. Tendríamos tres intentos por la Seguridad Social (otros hospitales sólo facilitan dos intentos). Cada intento es un ciclo. Un ciclo es desde el tratamiento hasta que te implantan o transfieren tu último embrión (puedes tener suficientes como para congelar)
 
Para estimular la producción ováirica se usan hormonas. Los medicamentos suelen ser caros (unos más que otros) y estás pinchándote (tu misma o tu pareja) en la barriga unos diez días más o menos. Luego, con otras inyecciones preparas los folículos para su extracción. Durante el tratamiento, dependiendo del hospital, controlan más o menos la producción y el crecimiento de los óvulos mediante ecografías. Con ello se pretende evitar la hiperestimulación, que podría dañar el ovario. (Conocí a una chica a la que le habían parado el tratamiento por esta razón. Había producido más de 50 ovocitos de una vez).
 
Es un coñazo, hablando en plata, tener que ir cada dos o tres días a un control de estos. Cuando no has dicho nada en el trabajo llega un momento en que no sabes qué inventarte. Pero vas, y haces lo que haga falta. Y es verdad. Una doctora me dijo una vez que nos pusiéramos un límite. Que dijéramos “hasta aquí”, porque si no, se te puede ir de las manos. Me dijo “Si yo te digo que si pasas una noche en una piscina helada vas a tener más probabilidades de quedarte embarazada, lo vas a hacer”, por eso hay que poner límites.
 
La noche antes de la extracción de los óvulos, toca cena ligera y enema. Un asco. Pero lo haces, porque por encima de todas las cosas quieres ser madre. La extracción se hace mediante punción ovárica. Introducen una jeringa larga por la vagina y pinchan en el ovario para sacar los folículos. ¿duele? Si. Duele. Hay hospitales que lo hacen con sedación, y no te enteras de nada. Otros lo hacen con anestesia local (te la pinchan en la vagina y duele también y da mucha grima).
 
Luego, a casa, reposo. (Otra historia que te tienes que inventar en el curro). Aquí depende del hospital: en unos te llaman al día siguiente y te dicen cuántos óvulos han fecundado. En otros te enteras en el momento de la transferencia embrionaria. A los dos días de la extracción te citan para ésta, para implantarlos.
 
Te implantan dos, a no ser que especifiques que quieres sólo uno o que quieres más (creo que tres es el máximo). Las últimas dos últimas veces yo pedí que me implantaran tres. Si hay más embriones fecundados, se congelan los otros al cabo de unos días (si siguen bien, es decir, si no se ha detenido el proceso embrionario) y se guardan para otras oportunidades o para otros embarazos. Si, al final de todo el proceso, la pareja no quiere usar más embriones y sobran, te dan a elegir si quieres destruirlos, donarlos a otras parejas o donarlos para la ciencia. (En nuestro caso, nunca pudimos congelar, porque el proceso embrionario se detenía antes).
 
Para esto no hace falta anestesia ni nada. Los introducen con una cánula y los dejan depositados en tu útero. A partir de ahí, sigues un tratamiento de progesterona para favorecer que los embriones se adhieran a las paredes del útero y sólo queda esperar.
 
En unos hospitales esperas quince días y te haces un análisis de sangre por la mañana. A medio día o por la tarde te llaman por teléfono y te dan el resultado. En otros, te hacen el análisis a los diez días y te dan cita para darte el resultado (vas a echar la mañana, como quien dice, para oir que no estas embarazada. Una gracia).
 
Bueno, nosotros pasamos por todo eso seis veces. Habéis oído bien. Seis ciclos completos. Seis. Dos por año. Tres años de fecundaciones in vitro…
…continuará
¿¡Qué os ha parecido!? a mí me ha emocionado muchísimo, no sé, será por los tratamientos, por ser madre más mayor… ¡y aun queda lo mejor! jejejej. Yaaaaaaa ya sé que no tengo perdón por haber cortado la historia de Ana en lo más interesante, lo siento tendréis que esperar hasta el jueves que viene para conocer el desenlace…no os lo podéis perder!!!
Y si mientras tanto me escribes la tuya!?, si si tu, a la que le costó la misma vida quedarte embarazada del primero y el segundo vino a la primera; o tu que tras un aborto tuviste tres hijos; o la de detrás, que tras miles de tratamientos para tener al primero el segundo llegó de forma natural….o cualquiera que sea tu historia…¡me encantaría conocerla!. Escríbela y me la mandas a mamarreir@gmail.com o si es más cómodo me la dejas en un mensaje privado en mi Fanpagevenga anímate 😉
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21 comentarios en “Queriendo ser madre. La Historia de Ana (I)

  1. Emocionada estoy yo de leer vuestros comentarios. Sois la pera 🙂 Muchísimas gracias! Es duro, es verdad. Cada “no” cae como una losa, cada “no” te lleva a un nuevo proceso de renuncia. Si seguí fue porque la doctora nos dijo “mientras haya fecundación hay esperanza”. Y en nuestro caso siempre la hubo.
    Muchísimas gracias, Carol, por dejar que mi historia, la de León, ese bebé fiero que se aferró a la vida, forme parte de este corolario maravilloso de madres esperanza. 🙂

  2. Es muy injusto que para algo tan natural algunas parejas tengan que pasar por todo esto.
    Conozco a parejas que lo han pasado muy mal con tres intentos, con seis no me puedo imaginar lo que tuvieron que pasar.
    Deseando leer el desenlace feliz. Tanta lucha tiene recompensa

  3. Hola Carol, me encantan las historias con bebés milagro, porque los milagros existen, creas o no… es algo así como la gravedad, existe creas o no… y lo vemos en estas historias, tu historia, la mía, gracias por compartir todo esto con nosotras, por difundir el mensaje y que todos vean los milagros de la vida. Un abrazo y espero con ilusión la segunda parte.

  4. Ufffff, vaya historia y es que me quito el sombrero ante personas así, que aunque tienen sus momentos de flaqueza, como todo el mundo, luchan por sus sueños pase lo que pase.
    Esperando quedo hasta la próxima semana 🙂
    Saludos

    • Es lo que yo digo siempre cuando se tiene claro una cosa no hay que parar hasta conseguirla porque tu dime a mí si Ana se hubiera cansado a la 3ª…

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