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La etapa de los porqués: por qué los niños preguntan tanto y cómo responderles

—Mamá, ¿por qué llueve?

Se lo explicas.

—¿Y por qué hay nubes?

Se lo explicas también.

—¿Y por qué el agua sube hasta las nubes?

Y cuando creías que habías conseguido resolver el misterio de la lluvia…

—¿Y por qué?

En casa estamos justo en ese momento. Tengo un peque de esta edad y últimamente los “¿por qué?” aparecen a todas horas. A veces uno detrás de otro, como si cada respuesta abriera automáticamente una pregunta nueva.

Niño en la etapa de los porqués descubriendo el mundo

Hay una etapa en la que parece que absolutamente todo merece una explicación. Da igual que estemos hablando de la Luna, de una hormiga que cruza la acera o de por qué hoy hay que ponerse zapatos para salir.

En casa estamos de nuevo justo en ese momento. Ya había vivido la etapa de los porqués con mi hijo mayor y ahora vuelvo a encontrarme rodeada de preguntas a todas horas. Y resulta curioso comprobar que, aunque los años pasen, hay cosas que no cambian: una respuesta casi siempre parece traer consigo una pregunta nueva.

Es la famosa etapa de los porqués.

Puede resultar agotadora —sobre todo cuando el décimo “¿por qué?” llega justo cuando tenemos prisa o estamos cansadas, pero detrás de todas esas preguntas está ocurriendo algo maravilloso: nuestros hijos están intentando entender el mundo.

¿Cuándo empieza la etapa de los porqués?

No existe un día concreto en el que los niños se levanten y empiecen oficialmente su etapa de los porqués.

Las preguntas aparecen a medida que se desarrolla su lenguaje y, durante los años preescolares, se hacen cada vez más frecuentes y complejas.

Alrededor de los tres, cuatro o cinco años muchos niños entran de lleno en esa época en la que quieren saber qué es cada cosa, cómo funciona y, sobre todo, por qué sucede.

Y no es casualidad.

A estas edades su mundo se está haciendo enorme.

Ya no les basta con saber que algo existe. Empiezan a interesarse por las relaciones entre unas cosas y otras: qué provoca que suceda algo, de dónde vienen las cosas o qué pasaría si fueran diferentes.

Preguntar es una de sus herramientas para descubrirlo.

¿Por qué los niños preguntan tanto?

Aunque a veces pueda parecer que nuestro hijo ha decidido batir algún récord mundial de preguntas por minuto, sus preguntas cumplen una función importante.

Cuando un niño pregunta:

“¿Por qué llueve?”

No está pidiendo necesariamente una clase sobre el ciclo del agua.

Está intentando llenar un pequeño hueco en lo que sabe.

Observa algo, descubre que no entiende cómo funciona y busca a alguien que pueda ayudarle a encontrar una explicación.

De hecho, los estudios sobre las preguntas infantiles muestran algo muy interesante: cuando los niños reciben una explicación que realmente responde a lo que querían saber, suelen aceptarla y continuar explorando a partir de ella. Cuando la respuesta no les proporciona una explicación, es más probable que vuelvan a preguntar.

Así que quizá ese:

—Pero… ¿por qué?—que llega justo después de nuestra respuesta no sea únicamente una estrategia para volvernos locos.

Puede que sencillamente todavía no hayamos respondido a lo que realmente quería saber.

No necesitan una explicación perfecta

Cuando un niño nos hace una pregunta inesperada podemos sentir que necesitamos encontrar inmediatamente la respuesta correcta.

Y no.

No hace falta convertir cada “¿por qué?” en una clase magistral. Yo misma me descubro algunas veces intentando dar una explicación estupenda cuando, en realidad, mi peque necesitaba una respuesta de dos frases.

A estas edades suelen funcionar mucho mejor las explicaciones cortas, concretas y adaptadas a lo que el niño puede comprender.

Si un niño de cuatro años pregunta por qué llueve, probablemente no necesite aprender en ese momento qué son la evaporación, la condensación y la precipitación.

Podemos empezar simplemente por:

“El sol calienta el agua y una parte sube hasta el cielo. Allí se forman las nubes y, cuando tienen muchísimas gotitas de agua, esas gotas caen. Y entonces llueve.”

Quizá eso sea suficiente.

O quizá llegue inmediatamente:

—¿Y cómo sube el agua?

Perfecto.

Su siguiente pregunta nos dirá hasta dónde quiere llegar.

Cómo responder a los interminables “¿por qué?”

No existe una respuesta válida para todas las preguntas, pero sí algunas cosas que podemos tener en cuenta.

Escuchar primero. A veces creemos saber qué nos están preguntando y respondemos algo completamente diferente. Si no tenemos claro qué quiere saber, podemos preguntarle: “¿Qué quieres decir?” o “¿Qué es lo que te da curiosidad?”.

Responder de forma sencilla. Podemos empezar con una explicación corta y ampliar solamente si el niño sigue interesado.

Utilizar ejemplos que conozca. Los charcos, su cuerpo, los animales que ve, algo que haya ocurrido ese mismo día… Cuanto más podamos relacionar la explicación con su mundo, más fácil será comprenderla.

Dejar espacio para que piense. De vez en cuando podemos devolverle la pregunta: “¿Y tú qué crees que pasa?”. No para examinarle ni para evitar contestar, sino para descubrir cómo está intentando explicarse él mismo las cosas.

Buscar juntos. Un libro, un dibujo, un pequeño experimento o simplemente observar algo puede convertir una pregunta de treinta segundos en un momento precioso de descubrimiento.

Y, sobre todo, podemos permitirnos no saber.

“No lo sé” también es una buena respuesta

Los adultos no tenemos por qué conocer la respuesta a todo.

De hecho, reconocerlo puede enseñarles algo igualmente importante.

—Mamá, ¿por qué la Luna a veces se ve de día?

—Pues no estoy segura. ¿Lo buscamos?

No hemos perdido ninguna oportunidad educativa.

Probablemente acabamos de crear una mucho mejor.

Les estamos enseñando que no saber algo no es un problema y que cuando sentimos curiosidad podemos investigar, preguntar, observar y buscar respuestas.

Cuando ya no podemos con un “¿por qué?” más

Porque también existe esta parte.

Son las ocho y media de la tarde. Hay que preparar la cena, recoger juguetes, buscar el pijama, alguien necesita agua y nuestro pequeño investigador quiere saber por qué los peces no tienen piernas.

Podemos adorar su curiosidad y estar agotados al mismo tiempo.

Y lo digo desde dentro de esta etapa: hay días en los que me encanta descubrir qué cosas despiertan su curiosidad y otros en los que confieso que, al enésimo “¿por qué?”, necesito unos segundos para encontrar una respuesta… y un poquito de paciencia.

No todas las preguntas necesitan ser respondidas en ese preciso instante.

Podemos decir:

“Esa pregunta me encanta, pero ahora mismo no puedo explicártela bien. Vamos a acordarnos y luego la buscamos juntos.”

Incluso podemos tener un pequeño cuaderno de porqués en casa e ir apuntando esas preguntas que aparecen en los momentos menos oportunos.

Quién sabe. Quizá terminemos descubriendo nosotros tantas cosas como ellos.

Y en casa he descubierto otra cosa: los adultos no somos los únicos que vivimos la etapa de los porqués. Los hermanos mayores también reciben su buena ración de preguntas. Y, aunque algunas veces explican las cosas con una paciencia que me sorprende, otras sus caras parecen decir: “por favor, que el siguiente porqué se lo pregunte a mamá”. 😂

Algunos de los grandes porqués de los niños

¿Por qué llueve?

¿Por qué el cielo es azul?

¿Por qué aparece el arcoíris?

¿Por qué la Luna nos sigue cuando caminamos?

¿Por qué tenemos ombligo?

¿Por qué se nos caen los dientes?

¿Por qué tenemos que dormir?

¿Por qué los pájaros pueden volar?

¿Por qué hay truenos?

¿Por qué las hojas se caen de los árboles?

Son preguntas enormes saliendo de personas muy pequeñas.

Y merecen respuestas que ellos puedan entender.

Por eso quiero ir reuniendo en Mamá ríe algunos de esos grandes porqués de los niños, explicados de una forma sencilla para que podamos contárselos a ellos y acompañados, cuando la pregunta se preste a ello, de dibujos, actividades o imprimibles para seguir descubriendo juntos.

Y creo que ya sé por cuál vamos a empezar:

Mamá, ¿por qué llueve?

Porque detrás de cada “¿por qué?” hay una pequeña oportunidad para mirar algo que nosotros damos por hecho como si fuera la primera vez.

Y quizá esa sea una de las cosas más bonitas de acompañar a un niño mientras descubre el mundo.

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