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La maternidad me pilló preparada. La perimenopausia, comiendo huevos cocidos

Yo pensaba que a estas alturas de mi vida ya lo había aprendido casi todo. He criado hijos, he pasado noches sin dormir, he cambiado pañales, he sobrevivido a rabietas y hasta he aprendido a funcionar con cinco horas de sueño.

Pero resulta que no. Que ahora, con 51 años, me ha tocado volver a empezar. Y esta vez sin manual de instrucciones.

Bienvenidas a la perimenopausia.

Ilustración de la Muñequita del Moño mirando su barriga mientras sostiene un huevo cocido, junto a un espejo y un gato.

Que, por cierto, yo no sé quién le puso el nombre, pero con eso de «peri» parece que te va a pasar como de refilón…

¡Y resulta que te pega un ZASCA en toa la cara, con la mano abierta…dejando claro quién manda a partir de ese momento!

Y vaya si manda.

Para empezar, la barriga.

Ay, la barriga.

Esa señora que un día apareció sin avisar y que, por lo visto, ha venido para quedarse.

Yo antes tenía cintura. Ahora tengo recuerdos.

Y mira que camino. Seis o siete kilómetros, ocho si me vengo arriba. Todos los días. Que digo yo que algún efecto tendrá. Pues sí, lo tiene: llego a casa cansada, sudando como un pollo y mi barriga parece que ha venido en coche. ¡Ahí sigue, cada día más lozana!

Y por mucho que intento ignorarla, ella se empeña en hacerse notar. Sobre todo cuando intento abrocharme unos pantalones. Que una puede aguantar muchas cosas, pero hay una necesidad básica que no estoy dispuesta a sacrificar.

¡¡QUE TENGO QUE RESPIRAAAAAR!!

Me miro de perfil en el espejo y pienso: «¿Perdona? ¿Tú quién eres y cuánto tiempo piensas quedarte?».

Porque yo no tengo barriga. Tengo las hormonas viviendo de alquiler. ¡Y encima no pagan!

Y claro, una empieza a informarse. Que si los estrógenos, que si el metabolismo, que si la masa muscular…

¿La masa muscular?

¡Pero vamos a ver! ¿Ahora resulta que también tengo que preocuparme de que no se me caigan los músculos? ¿No tengo bastante con las tetas?

Toda la vida pensando que los músculos estaban ahí, tranquilamente, cumpliendo su función, y ahora me entero de que ¡hay que mantenerlos! Como si fueran una comunidad de vecinos.

Y entonces llega la palabra mágica: PROTEÍNA.

Proteína por la mañana, proteína por la tarde, proteína por la noche. Que si tantos gramos por kilo de peso, que si hay que repartirla entre las comidas, que si después de hacer ejercicio…

A los veinte contaba calorías. A los cincuenta cuento gramos de proteína. ¡Qué vida más entretenida!

Y aquí me tenéis, inflándome a huevos cocidos. Que cualquier día me despierto cacareando.

Mira, yo llevo 51 años comiendo y ahora resulta…que no sabía hacerlo. Tiene huevos la cosa…nunca mejor dicho.

Antes me preguntaban qué quería ser de mayor. Ahora parece que la gran preocupación de mi existencia es si he comido suficiente proteína…ainssssss

Pero espera, que no hemos terminado.

Porque además hay que hacer ejercicios de fuerza.

¡Fuerza!

Que no basta con caminar, no. Ahora hay que hacer sentadillas, levantar pesas, trabajar los músculos, cuidar los huesos…

Yo antes hacía ejercicio para estar buena. Ahora resulta que tengo que hacerlo para poder levantarme del sofá dentro de veinte años, ¿qué digo veinte años? ¡Pasado mañana! que esto del descolgamiento de los músculos corre que vuela.

Y digo yo: camina, haz pesas, come proteína, bebe agua, duerme ocho horas, reduce el estrés, cuida tu suelo pélvico, practica la relajación…

¿Y A QUÉ HORA VIVO?

Porque dormir, lo que se dice dormir, tampoco es que sea tan sencillo.

Me acuesto cansada. Me levanto cansada. Pero entre medias he tenido tiempo de repasar toda mi vida…y la de los demás.

A las tres de la mañana mi cerebro decide celebrar una reunión extraordinaria. Sin orden del día y sin posibilidad de aplazamiento.

Y ahí estoy yo, recordando cosas que dije en 1998, pensando en lo que tengo que hacer mañana y preguntándome por qué narices no puedo dormir si hace un rato me caía de sueño.

Eso sí, a la mañana siguiente entro en la cocina y no me acuerdo si iba a beber agua o a menear las lentejas…chungo picatoste como fuera esto último. Menos mal que si se me queman siempre podemos comer…huevos cocidos jajajaj.

Pero de aquella conversación de 1998 me acuerdo perfectamente. Con puntos y comas.

Maravilloso.

Y luego están las emociones.

Que yo no sé si son las hormonas, el cansancio, la edad o que una ya tiene el cupo de tonterías cubierto. Pero hay días en los que no sé si necesito un abrazo, una taza de té o que me dejen tranquila.

Preferiblemente las tres cosas. Aunque lo de dejarme tranquila podría ir primero.

Y mientras tanto, y con este batiburrillo, seguimos siendo madres.

Que esto también tiene su gracia.

Porque hay un pequeño detalle que no os he contado.

Tengo 51 años. Un hijo adolescente y otro de cuatro años.

Sí, sí. Habéis leído bien.

Mientras muchas mujeres de mi edad empiezan a recuperar sus ratitos de tranquilidad, yo sigo recogiendo juguetes del suelo, haciendo deberes y contestando aproximadamente cuatrocientas veces al día a la palabra «mamá».

Y luego está el adolescente.

Que compite con su madre en cuanto a la revolución hormonal.

Las suyas en todo su apogeo llegando como artistas invitadas y las mías haciendo las maletas.

En esta casa las hormonas entran y salen como Pedro por su casa. ¡Aquí no hay quien lleve el control de personal!

Y mientras él está descubriendo todos los cambios que experimenta su cuerpo, yo estoy intentando averiguar qué puñetas está pasado con el mío.

¡Que digo yo que ya nos teníamos confianza! ¡Que no hacía falta ponerse a hacer reformas ahora!

Y por si todo esto fuera poco, también tengo que sobrevivir a los cumpleaños infantiles, las entradas y salidas del colegio y los grupos de WhatsApp de las madres.

Que digo yo que si sobrevivir a un grupo de WhatsApp del colegio no cuenta como ejercicio de fuerza, ¡ya me dirán para qué necesito las gomas elásticas!

Pero oye, que no todo van a ser inconvenientes.

Porque hay algo que sí me gusta de esta etapa.

Que cada vez me importa menos lo que piensen los demás.

Antes me preocupaba por quedar bien, por lo que dirían, por no molestar, por hacer lo que se esperaba de mí…

Ahora, sinceramente, tengo bastante menos paciencia para determinadas tonterías.

Y no es que la perimenopausia me haya quitado las ganas de hacer cosas. Me ha quitado las ganas de hacer cosas que no me apetecen. ¡Que no es lo mismo!

Y lo mejor de todo es que, según parece, tenemos que vivir esta etapa estupendas.

Radiantes. Empoderadas. Seguras de nosotras mismas. Abrazando los cambios.

Pues mira, sí. Yo abrazo los cambios que haga falta…o los que mi barriga me permite. Que a esa, de momento, no le he cogido cariño.

Y no pasa nada.

Porque también se puede llegar a los cincuenta y tantos, sentirse bien con una misma, disfrutar de la vida, reírse muchísimo y, al mismo tiempo, mirar unos pantalones que antes te quedaban estupendos y pensar: «¿Pero qué puñetas ha pasado aquí?».

No todo tiene que ser maravilloso. Ni terrible, ojo.

Hay cosas que fastidian. Otras que desconciertan. Algunas que preocupan. Y muchas que, vistas con un poquito de distancia, tienen bastante guasa…¡que es una edad muy tontaaaaa!

Que si cuesta dormir, que si cuesta perder barriga, que si cuesta mantener los músculos…

¡Coño, que aquí lo único fácil es engordar!

Yo no tengo todas las respuestas. Ni siquiera sé si estoy haciendo bien lo de la proteína.

Lo que sí sé es que quiero seguir cuidándome, caminando, disfrutando y riéndome de mí misma.

Aunque algunos días me cueste más que otros.

Porque si algo he aprendido a estas alturas es que la vida ya es suficientemente complicada como para tomárnosla siempre en serio.

Así que aquí seguimos. Mi barriga, mis hormonas y yo.

Intentando convivir pacíficamente y llevándolo lo mejor posible.

Que a estas alturas lo que me digan, lo que piensen y las tonterías que me quieran contar… ¡ME LO PASO TODO POR… DEBAJO DE LA BARRIGA!

Y ahora, si me disculpáis, voy a poner otro huevo a cocer que tengo que comer proteína.

¡Coc, coc, coc! 🐔

Feliz Día Mundial de la Menopausia. A las que estamos en ello, a las que ya han pasado por aquí y a las que todavía no saben la que se les viene encima...amiga, agárrate que vienen curvas ❤️

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